Desafío Turístico: El espejismo del crecimiento turístico dominicano

El turismo es uno de los sectores que más orgullo genera en la República Dominicana. Las llegadas de visitantes no dejan de crecer, los ingresos por viajes aumentan año tras año y las proyecciones para 2025 son optimistas. Sin embargo, hay una pregunta incómoda que los grandes titulares no responden: si el turismo crece tanto, ¿por qué el Estado recauda tan poco? Y más aún: si comparamos 2019 -el mejor año prepandemia- con 2025 -el punto más alto del intervalo analizado-, ¿ha cambiado realmente algo en beneficio del país?
La respuesta, a la luz de los datos de la balanza de pagos, es desalentadora: no, no ha cambiado sustancialmente. El turismo dominicano sigue siendo un modelo que genera abundantes ingresos privados pero una contribución fiscal casi simbólica. Y lo peor es que, en términos relativos, el Estado recibe hoy menos que hace seis años.
Más turismo, menos tributo
Entre 2019 y 2025, los ingresos brutos por turismo -el crédito de la balanza de servicios por concepto de viajes- pasaron de 7.471 millones de dólares a 11.321 millones, un crecimiento del 51 por ciento. En ese mismo período, el Producto Interno Bruto nominal creció un 43 por ciento. Todo parecería indicar que el sector está en plena expansión. Pero cuando se mira la recaudación fiscal efectiva, la historia cambia radicalmente.
Los ingresos fiscales por turismo, que incluyen tasas aeroportuarias y el pago de la tarjeta turística, pasaron de 214 millones de dólares en 2019 a 239 millones para 2025. Es decir, apenas crecieron un 11 por ciento. Pero el dato más revelador es su participación en el PIB: mientras en 2019 representaban el 0,24 por ciento de la economía, en 2025 apenas llegó al 0,19 por ciento. El Estado recibe proporcionalmente menos hoy que hace seis años, a pesar de que el sector factura mucho más.
Este comportamiento no es una anomalía. Si se comparan los promedios del período 2013-2019 con los del período 2020-2025, la tendencia se confirma: los ingresos fiscales por turismo como proporción del PIB cayeron, mientras que la inversión extranjera directa y las remesas familiares aumentaron su peso relativo. El sector turístico crece en volumen, pero su contribución fiscal se diluye.
Un modelo que crece pero no tributa
¿Qué explica esta contradicción? La respuesta está en el modelo de negocio predominante: el todo incluido. El turista que llega a Punta Cana, La Romana o Puerto Plata con su paquete prepagado consume prácticamente todo dentro del hotel. Las tiendas y restaurantes de esas instalaciones operan como zonas duty free, lo que significa que ese dinero no circula por la economía local ni genera impuestos al consumo en el país.
Las grandes cadenas hoteleras internacionales tributan en sus países de origen por los paquetes que venden, declarando algunos renglones como si fueran pagados aquí, mientras gozan de exenciones fiscales que llevan décadas vigentes. El argumento clásico es que esas exenciones son necesarias para que el sector «arranque». Pero el sector ya arrancó hace mucho tiempo: lleva décadas operando, y las ayudas se han convertido en un subsidio permanente.
Un estudio conjunto de Naciones Unidas y el Centro Interamericano de Administraciones Tributarias calificó los incentivos fiscales al turismo dominicano como «más generosos respecto a sus competidores» en el Caribe. El costo para el Estado ha sido millonario: entre 2002 y 2015 se perdieron -o potencialmente dejaron de recaudarse- 22.600 millones de pesos en recaudación; entre 2015 y 2021, otros 43.833 millones. En solo seis años se perdió -o dejo potencialmente de recaudarse- el doble que en los trece años anteriores.
Pérdidas declaradas, ganancias reales
Resulta especialmente llamativo que, a pesar del crecimiento sostenido del sector, los estados financieros de los hoteles declaren constantemente pérdidas. Esta práctica les permite seguir exigiendo más exenciones y beneficios fiscales. Si en 2019, con más de 7.400 millones de dólares en ingresos, el sector declaraba pérdidas, y en 2025, con más de 11.300 millones, la situación se repite, cabe preguntarse: ¿hasta cuándo será rentable declarar pérdidas y recibir exenciones?
Durante la pandemia, el Estado dominicano movilizó recursos para sostener al sector, asumiendo costos de promoción internacional y seguros para turistas. Pero ese apoyo no vino acompañado de una revisión de las condiciones fiscales. El sector recibió ayuda, pero no se comprometió a tributar más.
La lección de las remesas
Para entender la magnitud del problema, basta comparar el turismo con las remesas familiares. Estos envíos de dinero desde el exterior pasaron de 7.087 millones de dólares en 2019 a 11.866 millones para 2025, un crecimiento del 67 por ciento. Pero la diferencia clave no es el monto, sino el impacto. Las remesas llegan directamente a familias dominicanas, se convierten en consumo en supermercados, ferreterías, farmacias, educación y vivienda. Ese dinero circula en la economía real, genera empleo y paga impuestos al consumo. Por extensión, genera beneficios en el sector privado en las empresas remesadoras que sirven de receptoras desde el origen exterior de la transferencia a su beneficiario final. Estas empresas pagan impuestos por sus ganancias, por los bienes que consumen para llevar a cabo el servicio y tienen empleados que son también contribuyentes en la práctica.
El turismo de todo incluido, en cambio, deja muy poco en el camino. La diferencia en el impacto fiscal es abismal, y explica por qué las comunidades de las zonas turísticas siguen mostrando altos índices de pobreza a pesar del crecimiento del sector.
El turismo que queremos
No se trata de estar en contra de las cadenas hoteleras internacionales ni del turismo como industria. Se trata de reconocer que el modelo actual ha demostrado ser eficiente para generar ingresos privados pero ineficaz para generar beneficios fiscales y bienestar colectivo. La comparación entre 2019 y 2025 es la prueba irrefutable de que, después de más de una década, algo debe cambiar.
El gran desafío es promover un turismo que salga de los hoteles. Que los visitantes se mezclen con la población, compren en el comercio local, paguen impuestos al consumo con dinero que trajeron de otros países. Plataformas como Airbnb han demostrado que es posible: sus anfitriones invierten en el mercado local -electrodomésticos, mobiliario, ropa blanca- y sus huéspedes compran en supermercados, colmados y utilizan servicios de transporte local.
Revisar las exenciones fiscales, reconsiderar el estatus de las zonas duty free dentro de los hoteles y diseñar incentivos que premien el consumo fuera de los complejos hoteleros son pasos necesarios. Países competidores como Barbados, Jamaica y Trinidad y Tobago han optado por esquemas de incentivos menos generosos y más focalizados en la creación de empleo y la integración con la economía local.
La pregunta que los datos nos obligan a hacer es sencilla: si el turismo crece pero el Estado recauda menos, si los hoteles declaran pérdidas pero siguen invirtiendo, si las zonas turísticas tienen altos índices de pobreza… ¿para quién es realmente el desarrollo? La respuesta debería incomodarnos lo suficiente como para exigir un cambio de rumbo.
Fuente: Periódico Hoy